FrasesCitas

Ordenar el pasado no consuela.

Solamente el olvido da sosiego.

Antonio Gracia

huacanamo Jueves, 25 Marzo 2010

Arte y Letras, Suplemento Información de Alicante

25/03/2010

Luis Bagué Quílez

  

¿UN MIRLO BLANCO?

Roger Wolfe, «Afuera canta un mirlo», Barcelona, Huacanamo, 2009.

  La última entrega poética de Roger Wolfe, «Afuera canta un mirlo», añade un nuevo eslabón a una trayectoria que por ahora culminaba «oficialmente» con «El arte en la era del consumo» (2001). Sin embargo, entre aquel libro y este, el autor ha publicado el cuaderno «Vela en este entierro» (2006), la antología «Días sin pan» (2007) y la reunión de su obra (casi) completa, «Noches de blanco papel» (2008). «Afuera canta un mirlo» defiende los presupuestos de una lírica más desesperanzada que desesperada, que ha perdido en exasperación lo que ha ganado en lucidez.

            El poema-prólogo del libro, «Trabajo sucio», ofrece una declaración de intenciones no exenta de ironía. La cita de Karmelo C. Iribarren que el autor toma prestada incide en la obligación moral de dar testimonio de la realidad, incluyendo los contraluces domésticos y las parcelas más degradadas del entorno: «Uno no escribe necesariamente / lo que quiere, sino lo que debe escribir». Las exigencias (y también las limitaciones) de este planteamiento solventan el debate en torno al compromiso del escritor. A la luz de estos versos, resulta difícil negar la implicación ética de quien parece suscribir, sin apenas enmienda, las palabras con las que Celaya cerraba su célebre «Aviso»: «Pero escribiría un poema perfecto / si no fuera indecente hacerlo en estos tiempos». Desde esta premisa, «Afuera canta un mirlo» despliega varios frentes temáticos, en los que predominan los textos breves y sentenciosos, aunque en contadas ocasiones el ritmo intensificativo se acerque a la densidad del poema en prosa.

            En estas páginas confluyen las obsesiones habituales de Wolfe: las evocaciones y amenazas del pasado («Facturas», «The Sun also Rises»), la canción de aniversario («Cuarenta y un años»), la superioridad del arte sobre la vida («La coartada»), la codificación simbólica de la morada del cuerpo («El propietario», «La carcoma»), los juegos verbales sustentados en la polisemia («Parábola del talento»), los efectos de una particular teoría del caos («Cinco mil muertes en Manila»), los milagros cotidianos («Un huevo»), el agonismo ante la idea de la muerte («Temores infundados») o los espejismos de la felicidad («Tiempos felices»). En el citado «Tiempos felices», la referencia a un antiguo poema del autor («La música») permite trazar la línea divisoria entre pasado y presente: «de aquel lado, / la ‘música en medio del infierno’; / de éste, el limbo…».

            La ascesis contemplativa de Wolfe disuelve el ruido del mundo en la voz interior del poema. Así, predominan las composiciones a medio camino entre la constatación de la abulia —esa modalidad autóctona del «spleen»— y la aspiración a un estado de paz cercano a la ataraxia. En este sentido destaca «Kempis», donde Wolfe dialoga con el poema que Amado Nervo escribió sobre el mismo tema. La propia reflexión metapoética aparece teñida por la grisalla diaria («El tintero»), transformada en enfermedad leve («El eccema») o redimida por la ironía vivificadora («Los demonios del alfabeto»). En último término, la escritura se concibe como la tabla de madera a la que aún se aferra el náufrago urbano que pretende habitar «la patria sin raíces del poema». A lo largo de este itinerario, el lector también tiene la oportunidad de encontrarse con un puñado de versos memorables. De ello dan ejemplo «Epitafio», un inventario condensado de las manías y preocupaciones a las que se reduce la existencia, o «Reflejos», testamento ológrafo que sintetiza el legado estético y espiritual del autor.

            En «Afuera canta un mirlo», el impulso elegíaco se impone sobre la denuncia explícita, el exabrupto lírico y el aquelarre social que pautaban la cosmovisión de los primeros libros de Wolfe. El poemario actual destila una profunda amargura que poco tiene que ver con las truculencias atribuidas al «realismo sucio», pero que no ha perdido su intensidad expresiva ni su capacidad de conmocionar la conciencia de sus «interlocutores». Por eso, que nadie se llame a engaño: a estas alturas, Wolfe no va a pactar una tregua con la vida. Y sus lectores se lo agradecemos.


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