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El amor, / ese viejo neón / al que aún / se le encienden / las letras.

Karmelo C. Iribarren

huacanamo Lunes, 22 Marzo 2010

'BEATS' OESTE Y POETAS DEL ESTE

DECADENCIAS

17/03/2010 El Mundo

LUÍS  ANTONIO  DE  VILLENA

La disputa que enfrentó en los EEUU y en los años 60 y 70 del pasado siglo a los poetas “beats”, cuyo centro era San Francisco, con los poetas de la costa este, cuyo eje estaba en la llamada “Escuela de Nueva York”, no es un episodio pasado de un determinado período literario, es un enfrentamiento que hoy continúa (en España también) entre los poetas que conciben el poema como una honda expansiva de vitalismo, más o menos desordenado –eso eran los “beats”- y los poetas que, opuestamente, idean el poema como un ejercicio mental, no tanto una experiencia de vida (o no en primer lugar) cuanto una experiencia de la inteligencia, así Frank O’Hara, el todavía activo y discutido John Ashbery o el atormentado Delmore Schwartz… Esta polémica, acaso eterna, y que por tanto no debiera ser tal, me ha venido a la mente al releer la edición bilingüe que acaba de editar Huacanamo de Barcelona (en versión del poeta Roger Wolfe) de los dos primeros libros de uno de los “beat” más activos y desconocidos entre nosotros, Gregory Corso (1930-2001). Corso era hijo de emigrantes italianos y aunque su infancia y juventud fueron turbulentas y desarraigadas (tres años en la cárcel por robo, con sólo 17 años) hoy está enterrado, no muy lejos de Keats, en el cementerio protestante de Roma. En 1955 –en pleno primer esplendor “beat”- Corso publicó su primer libro de poemas “La vestal de la calle Brattle”. Pero en 1958 y con prólogo de Allen Ginsberg (que siempre fue, a partir de “Aullido” el gurú de los “beats”) editó juntos el libro primero y otro nuevo y mejor que es “Gasolina” y que publicó la editorial por antonomasia de los “beats”, la célebre City Lights Books de San Francisco. Esta edición conjunta es la que se acaba de traducir al español. La que consagró a Corso (sobre todo con “Gasolina”) como un “beat” de pleno derecho. Poemas entre la experiencia radical y aún alucinada, donde el realismo más crudo se entrevera con el más apasionado surrealismo visionario: “¿Quién soy yo, plegado bajo las sombras de Isis,/ este cuerpo de piel de arcilla, objeto de estudio/ por parte de los médicos de Menfis?” Ginsberg había escrito: “Puede que Gregory Corso sea el poeta más grande de Norteamérica, y se está muriendo de hambre en Europa.” Viajero nómada, pintor ocasional, poeta torrencial pero lleno de fuerza en su palabra, Corso aspiró a una vida abierta a todos los sentidos y a todas las perturbaciones. Ashbery que ha escrito desde la biblioteca y bajo la cúpula del prestigio académico, queriendo que las convulsiones del poema (si las tuviera) no le toquen a él, que se queden –al máximo- en las circunvoluciones cerebrales. Pero, ¿de verdad vida e intelecto han de estar en liza? ¿Qué contradice a qué? Corso escribió: “La muerte es humana; y por eso mismo llora/ y se mete en el cine todo el día/ cuando un niño fallece.” Los “beats” fueron (o son) la rebelión contra un mundo moderno que puede aplastar lo humano, incluida la libertad, y por ello se lanzaron al aullido en la carretera, al oriente eterno y a lo primitivo salvador. No creo que Ashbery sea más optimista, pero a veces el poeta intelectual, frente a la intemperie, busca un mínimo y problemático nido de libros y confort. ¿La libre tempestad? ¿O un balcón al abismo? ¿No es casi igual?

 


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