FrasesCitas

La poesía es el excremento luminoso de un sapo que se tragó a una luciérnaga

Alejandro Jodorowsky

Varsovia, al ritmo de los versos

01.03.2010

La voz digital de Cádiz

P. SOTO | VARSOVIA.

Tres jóvenes poetas españoles asaltan la capital polaca. Penalva, Llorente y Ramos, amantes de la cultura de masas, leen sus poemas en un famoso y concurrido café de la ciudad.  

Es viernes por la noche y estamos en 'Czuly Barbarzynca', el café-librería de Varsovia más entrañable, un lugar de tertulia y amistad. La lectura, más que la compra de libros, es la reina del local, donde el café-capuccino y el té afrutado son la norma dominante. Tres jóvenes poetas españoles de 'La Quinta del Setenta y Pico', es decir treintañeros y polifacéticos, han asaltado el café-librería. Vienen a leer sus poemas y a charlar con el público que el Instituto Cervantes de Varsovia ha reunido. Un centenar de personas, la mayoría mujeres jóvenes, han venido a deleitarse con los versos de Joaquín Juan Penalva, Vicente Llorente y Pepe Ramos.

Los asistentes van buscando un lugar donde colocar sus posaderas, y algunos piden consumiciones a los atolondrados camareros. Mientras, los poetas charlan distendidamente con cuantas personas se les acercan. Como escribe el crítico literario, poeta y ensayista Juan Miguel López Merino, «sus poemas no son de esos que uno tiene que leer en silencio, sino voces agridulces y sin voz. Son cinéfilos, melómanos, informáticos y músicos, profesores y editores».

López Merino, que hizo de moderador en el acto, califica la poesía de Penalva, Llorente y Ramos, de «arte libre y pluriempleo, pirotecnia y mucha sed, artefactos de palabras cargadas de humor y piel». Efectivamente, en sus versos, que son espasmos de la cotidianidad, hay de todo: humor, crítica, risa y tristeza; desamor, sexo, esperanza y desasosiego.  

Son tres poetas que se resisten a encerrarse en una torre de marfil y no hacen ascos a la cultura de masas y la pasión desatada por la vida.

Poco antes de las ocho de la tarde, empieza la velada poética con estos «ventrílocuos del ser», en palabras de Juan Miguel López Merino, autor de títulos como 'El invierno metido en los pulmones' y 'Roger Wolfe y el neorrealismo español de finales del siglo XX'. Tras una breve introducción sobre los tres poetas a cargo de López Merino, empieza la lectura.

 Le toca el turno a Joaquín Juan Penalva (Novelda-Alicante, 1976), que es doctor en Filología Española por la Universidad de Alicante y actualmente es profesor de Secundaria en su ciudad natal. El primer poema, 'La última carga de Errol Flynn', es un precioso homenaje a las películas de aventuras.

El poema 'Espectros' es también un homenaje a un largometraje, 'Los otros' de Alejandro Amenábar. El público se deleita con los versos de 'La tristeza de los sabios', 'En mi ciudad blanca' y otros poemas de este joven creador alicantino, que se califica a sí mismo de «un maestro del desguace que quiere ser capaz de ensamblar elementos de procedencia diversa».

 

Vicente Llorente (Elda-Alicante, 1973), cuya larga cabellera rizada le da un toque romántico., empieza su lectura con 'Menú del día': «En este bocadillo de fiesta/que es a veces la vida/tenemos los años/el tiempo/los amigos/Las risas bañadas en aceite./Pero también hay un hueco/ en nuestras viandas/para la nostalgia en su punto/para la fiebre hervida/para el dolor con clavo y otras especias./Después de todo, el mar/empuja la herida que se atraganta/en la boca del miedo ¿De postre?/Tomaré otro abrazo de nata/otro beso de chocolate./La esperanza, como el hambre,/Suena en mis tripas. Sobre la mesa/ Un plato vacío». 'Colegio', 'Todo el tiempo del mundo' y poemas inéditos como 'En tierra de nadie', 'Llaves' y 'Divagaciones de un vago en vacaciones' despiertan el interés del público y arrancan aplausos. Este joven poeta, que es también músico, cantante y actor, y que se considera «un niño del siglo XXI», puede sentirse satisfecho.

 

Pepe Ramos (Madrid, 1971), que ha publicado poemarios como 'Samsara' y 'La Copa Rota', empieza su intervención con esta frase: «Como ya sabréis algunos, el mundo no es un lugar perfecto». El autor asegura que «escribo poesía, pero no tengo mérito alguno. Es un hábito involuntario. El acto de escribir en sí mismo no tiene nada que ver con el arte. El público aplaude una y otra vez. Los de 'La Quinta del Setenta y Pico' han triunfado y, el castellano, también.

 

EL ANIMAL HERIDO

  

27/02/2010

http://clavedere.blogspot.com

Rafa Godoy

 

Corría la primavera del 2001. Era un día soleado –hasta caluroso– de finales del mes de abril…

Por esas fechas, coincidiendo con el aniversario de mi nacimiento, siempre he tenido por costumbre bajar a la ciudad y regalarme, en alguno de los puestos de la tradicional feria del libro que desde hace décadas ocupa una de las calles céntricas de mi ciudad natal, alguno de los ejemplares que en mi paseo habitual me llamaran la atención. Aquel año, me decidí por una pequeña antología que había editado Cátedra apenas un año antes: Poesía española reciente (1980-2000). Un buen libro, después de todo. Me sirvió para poner cierto orden en lo que hasta ese momento era una formación literaria diletante y arbitraria. Descubrí a los nuevos bardos de la poesía en mi lengua vernácula. Descubrí a Abelardo Linares, Blanca Andreu, Juan Manuel Bonet, Luis García Montero, Vicente Gallego, Felipe Benítez Reyes, etc… Un buen libro, ya lo dije. La selección de los poemas iba precedida por una pequeña biografía donde el editor explicaba la naturaleza poética de cada uno de los autores: influencias, temáticas, tipo de estrofa y de verso, tradición, escuela…; una reducida exégesis que a modo de pródromo invitaba a una lectura racional del poeta en cuestión.

De todos ellos, sin embargo, hubo uno que me llamó especialmente la atención. En principio por el nombre, Roger (Wolfe, su apellido); antítesis del castizo nombre castellano con el que normalmente son bautizados los hijos de mi país. Primero pensé en una errata, luego me aventuré en la lectura y comprendí que el tal Wolfe era un inglés de nacimiento que escribía en castellano desde que a los pocos años de nacer arribó a España para quedarse en ella de una manera prolongada.

Mi primera sensación fue parecida al recelo, o a una rabia contenida. Sus poemas me gustaban. Sus poemas me gustaban mucho. Eran frescos, directos, fáciles de leer, diáfanos. Decía lo que decía de un modo traslúcido, minimalista, falsamente espontáneo. Yo por entonces practicaba la lectura de un tipo de poesía diferente, más umbrosa, muy estimulada por el clasicismo decimonónico francés. Pero lo peor que llevaba era que el tipo fuera inglés. Un prejuicio seudopatriótico que me impelía hacia una cierta terquedad. Pero después de todo soy un tipo fácil, al menos en un sentido artístico, y cuando algo me gusta, me gusta hasta las entrañas y me dejo llevar como una adolescente enamorada. Que fue lo que pasó entonces.

Sin yo a penas darme cuenta, Wolfe se convirtió en uno de los autores a los que más recurría. Pronto descubrí que no sólo se trataba de un poeta. Era, en realidad, lo que él llamaba, un escritor total. Practicaba la novela, el relato, el artículo periodístico, el ensayo-ficción (género inventado por él), el diario. En dos años devoré su obra (tarde tanto por lo difícil que era localizar sus libros en bibliotecas y librerías). Y no sólo eso. También Wolfe se convirtió en mi particular Virgilio a la hora de adentrarme en un tipo de literatura que hasta ese momento desconocía: Carver, Saroyan, Bukowski, Chandler, Maugham, Cioran…, así como autores españoles totalmente desconocidos para mí, como David González, Iribarren o Andreu Martín por nombrar alguno de ellos.

Han pasado nueve años desde entonces. Desde que aquel día leí por primera vez un poema de Wolfe, concretamente Música de recámara, de su poemario Hablando de pintura con un ciego. Nueve años en los que su sombra se ha erguido siempre, dando cobijo a las no pocas horas que he pasado imbuido en su lectura o en la lectura de alguno de los autores que a bien tuvo presentarme. Nueve años en los que los lectores habituales del autor no hemos podido disfrutar de material fresco. Hasta ahora, cuando en enero del presente año salió a la venta su nuevo poemario, Afuera canta un mirlo.

El arte es el reflejo más exacto de la vida y del tiempo que le ha tocado vivir a un hombre. Ahora, en Afuera, Wolfe es un hombre maduro, taciturno como ha sido siempre aunque más contemplativo, si cabe. Un hombre que pasa las horas preguntándose/por el sentido de las cosas, deleitándose a pesar de todo con la belleza marchita de un mundo que se acaba, empleando para ello las estrategias del arte, del ejercicio estrictamente solitario de la escritura y su proceso, y en la que tan sólo un huevo –por ejemplo–/chisporroteando/en una sartén llena de aceite constituye un motivo que sublima la esencia de la más absurda e incomprensible existencia, la nuestra.

Hay en Afuera algo que no se encuentra en el resto de su obra. Y es precisamente esa madurez. Mientras que en Días perdidos en los transportes públicos o en Hablando de pintura con un ciego, uno podía encontrar versos como lanzados por una cerbatana al corazón del hombre. Lo que ahora se descubren son versos taimados, que invitan a una lectura sumamente lenta y reflexiva, donde el resentimiento ha dejado paso a una abnegación que ilumina pero que por eso mismo hiere con la misma fiereza de un animal herido. El hombre que escribe estos versos hace tiempo que perdió la última batalla en una guerra que a todos nos atañe, la de la vida. Por ello, cualquier motivo, por insignificante que éste sea o precisamente cuanto más insignificante sea, sirve metódicamente para expresar la duda, el desconcierto, la sinrazón.

Siempre he creído firmemente que la poesía es un mal necesario. Mal, porque nos desnuda en un mundo poblado de lobos. Necesario, porque nos redime como humanos. Wolfe lo sabe y lo practica, haciendo gala de un lirismo que destroza los arquetipos de la poesía.

Y para muestra, un poema:

 

LA TREGUA

Las tres
de la mañana.
El mundo
está en suspenso.
El día y sus asuntos
son un periódico de ayer.
No existen los teléfonos
ni el cáncer
ni el recibo de la luz.
Sólo un poso de café
en el fondo de una taza.
La ceniza de un cigarro
en el platillo.
Y este jirón
de humo adormilado
que flota un momento
y se disipa
en el aire de la habitación.


 

   

Escribir al desamor

23/02/2010

http://criticoestado.blogspot.com

Juan Carlos Sierra


Creo que es Alejandro Luque a quien le he escuchado alguna vez que cuando se encuentra en estado de dicha no ‘pierde el tiempo’ en escribir, sino que intenta disfrutarlo, vivirlo. Y algo de cierto tiene que haber en esta afirmación, porque, como en muchas canciones, se suele cantar más lo que se pierde que lo que se gana, las derrotas que los triunfos, quizá por una especie de rémora de nuestra educación y tradición judeocristiana en la que pesa como una losa el sentimiento de culpa y, por consiguiente, quien manifiesta sus instantes felices cae en el mayor de los pecados, la inmodestia.
O puede suceder que no sea esta la razón de fondo de la mayoría de los versos tristes que nos cruzamos en los poemas que leemos, sino más bien la capacidad que tiene la literatura –y la escritura en general- para ordenar el caos de la vida, cuando se tiene conciencia de él; y, puestos a lanzar hipótesis, quizá en ningún otro momento se siente más el desorden del mundo que cuando se desintegran los vínculos creados por el amor. Por el contrario, cuando el espíritu respira sin dificultades, todo encaja armónicamente como un puzzle sideral.
Digo todo esto porque Cara o cruz, el último libro de Itziar Mínguez Arnáiz, parece corroborar –especialmente en la segunda y tercera parte del poemario- esta tesis, puesto que su leit motiv no es otro que lo que viene después de la ruptura, del desamor, es decir, el desmoronamiento del ser amante para volver a reconstruirse. La primera, titulada ‘Cara’, aunque relata en un largo poema narrativo llamado ‘Rutinas’ los instantes en que las cosas iban bien para la pareja protagonista, tampoco se puede afirmar que se interese especialmente por los estados más dichosos –orgásmicos, eufóricos, plenos,…- de la relación que se acaba en las páginas siguientes.
En este sentido, el libro parece apoyar la tesis que planteaba Juan Bonilla en unos versos afortunados de su libro El belvedere: “Tarde o temprano a la rutina se le cae la t/ y los días se llenan de escombros de deseo/…”. La rutina no es sinónimo de aburrimiento acomodaticio, sino más bien de construcción sólida del amor. Cuando se le cae la t, lo que viene después son materiales de derribo que hay que tratar poéticamente para explicar, reordenar y reedificar a los amantes rotos.
Esto es en concreto lo que sucede en los apartados de la tristeza –‘Cruz’ y ‘Cara o cruz’-. En ellos se observa además una estructuración consciente por parte de la autora que lleva al lector de lo concreto a lo abstracto, del reparto de lo material –‘TV’, ‘CDs’, ‘libros’, ‘ropa’, ‘fotos’- a la división con decimales de lo inmaterial –‘balance’, ‘inventario de derrotas’, ‘buenas intenciones’, ‘planta baja’-.
Y todo esto lo traza Itziar Mínguez con un lenguaje poético limpio, directo, versolibrista, prosaico –en el mejor sentido lírico de la palabra-, que atrapa al lector para no soltarlo hasta el verso final.

   

LIBERTAD PARA EL LECTOR NUEVO

 

La Nueva España, Asturias 

11/02/2010

Sofía Castañón

 

Libro libre busca lector sin prejuicios. Pero no, no se encuentran en una ingeniosa sección de contactos. Esto va de cultura, de poesía y de hacer uso de la libertad. Quizá realmente siga siendo una refinada forma de ejercer el contacto. En el último poemario del poeta aragonés Ignacio Escuín hay, sin duda, un escritor libre.

Porque sólo un escritor libre elige hablar del antihéroe, del trabajador cognoscente, la evolución del protagonista de El Tintero del dramaturgo Carlos Muñiz. La vida transcurre entre las horas muertas de un trabajo liberal, los cafés que tomados como el brebaje con el que dar todo de uno mismo -más de lo que uno mismo es, menos de aquello que realmente importa-, la compra de la semana.

Un escritor libre se siente libre para hacer poesía de aquello que han desterrado de lo poético. El alumbrado de la calle deja de ser la clave para recorrer un trazado y se convierte en las luces que guían por otras rutas, transitadas en silencio y sin moverse, la melodía ámbar de la noche. La cautivación por la luz, Lisboa como un fogonazo manso. Imposible evitar el paralelismo con la flor que Crock, el oficinista de la obra de Muñiz, dejaba sobre su mesa para recordarle lo hermoso. Luego llegan los hombres grises -porque todos los cuentos que buscan lo esencial pelean contra el mismo ejército- y desprecian la belleza por pequeña, accesoria, poco útil. La poca valía de lo que no admite trueque.

Hay un tono crítico que ya apuntaba Escuín en Americana (Club Leteo, 2007) y que en Habrá una vez un hombre libre adquiere la madurez de empezar por uno mismo. En la tensión épica generada por lograr esa libertad, se reconoce dentro de la rutina, como una niebla espesa de la que cuesta escapar. Y se ve como heredero de un mal y también de una oportunidad de cambio: la figura del padre, como la de quien porta un testigo, está presente en todo el libro. La herencia no son sólo trastos u obligaciones, también se traspasa la luz. El hombre que un día será libre lleva la luz consigo, pero sólo a veces lo sabe.

Este libro, que es libre, busca lector que mire más allá de las referencias, de las lecturas previas. «Un poema de todos, robado de todas partes y escrito por mil autores sin decirles nada, que la autoría sea de la humanidad» formula Escuín, en uno de los poemas que conforman la tercera parte del libro. Un lector inteligente, lo suficiente como para no convertir su conocimiento en un catálogo bien ordenado, un buscador altamente actualizado. Un lector que agarre el lomo de este libro igual que una mano nueva, que no busque parecidos con todas las manos anteriores que se tocaron, y de las que queda memoria en las líneas de la palma. Un contacto nuevo. Dénse ustedes la maravillosa y tan poco frecuente responsabilidad de ser libres.

   

GRACIAS

Desde Huacanamo agradecemos a todos los asistentes al espectáculo Noches de Blanco Papel, con la poesía de Roger Wolfe y la música de Vicente Llorente, su apoyo y presencia. También a los que quedaron fuera por falta de espacio. Y cómo no, a Ben Clark, Fabio de la Flor, Víctor Balcells y los responsables y técnicos de la Sala.

 Foto: Ben Clark

 

SALAMANCA, SALAMARTE 2010

   

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